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18 julio 2011 1 18 /07 /julio /2011 20:14

Modernity’s «God complex».

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Según Francis Bacon, el ser humano debe torturar a La Tierra hasta que nos entregue todos sus secretos. De esta actitud se ha derivado una relación de agresión y de verdadera guerra contra la naturaleza salvaje que debía ser dominada y «civilizada» … el paradigma moderno de la tecnociencia. Surgió así también la proyección arrogante del ser humano como el «Dios» que domina y organiza todo.

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El cristianismo ayudó a legitimar y a reforzar esta comprensión. El Génesis dice claramente: «llenad la Tierra y sujetadla y dominad sobre todo lo que vive y se mueve sobre ella» (1,28). Después se afirma que el ser humano fue hecho «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26). El sentido bíblico de esta expresión es que el ser humano es lugarteniente de Dios, y como Éste es el señor del universo, el ser humano es el señor de la Tierra. El ser humano goza de una dignidad que es solo suya: la de estar por encima de los demás seres…

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 De aquí se generó el antropocentrismo, una de las causas de la crisis ecológica.

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El «complejo de Dios» de la modernidad

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2011-07-15

  La crisis actual no es solo una crisis de escasez creciente de recursos y de servicios naturales. Es fundamentalmente la crisis de un tipo de civilización que ha colocado al ser humano como «señor y dueño» de la naturaleza (Descartes). Ésta, para él, no tiene espíritu ni propósito y por eso puede hacer lo que quiera con ella.
Según el fundador del paradigma moderno de la tecnociencia, Francis Bacon, el ser humano debe torturarla hasta que nos entregue todos sus secretos. De esta actitud se ha derivado una relación de agresión y de verdadera guerra contra la naturaleza salvaje que debía ser dominada y «civilizada». Surgió así también la proyección arrogante del ser humano como el «Dios» que domina y organiza todo.
Debemos reconocer que el cristianismo ayudó a legitimar y a reforzar esta comprensión. El Génesis dice claramente: «llenad la Tierra y sujetadla y dominad sobre todo lo que vive y se mueve sobre ella» (1,28). Después se afirma que el ser humano fue hecho «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26). El sentido bíblico de esta expresión es que el ser humano es lugarteniente de Dios, y como Éste es el señor del universo, el ser humano es el señor de la Tierra. Él goza de una dignidad que es solo suya: la de estar por encima de los demás seres. De aquí se generó el antropocentrismo, una de las causas de la crisis ecológica. Finalmente, el monoteísmo estricto suprimió el carácter sagrado de todas las cosas y lo concentró sólo en Dios. El mundo, al no poseer nada de sagrado, no necesita ser respetado. Podemos modelarlo a nuestro gusto. La moderna civilización de la tecnociencia ha ocupado todos los espacios con sus aparatos y ha podido penetrar en el corazón de la materia, de la vida y del universo. Todo venía envuelto con el aura del «progreso», una especie de recuperación del paraíso, en otro tiempo perdido, pero ahora reconstruido y ofrecido a todos.
Esta visión gloriosa empezó a derrumbarse en el siglo XX con las dos guerras mundiales y otras coloniales que produjeron doscientos millones de víctimas. Cuando se perpetró el mayor acto terrorista de la historia, las bombas atómicas lanzadas sobre Japón por el ejército estadounidense, que mataron a miles de personas y destruyeron la naturaleza, la humanidad se llevó un susto del cual no se ha repuesto hasta hoy. Con las armas atómicas, biológicas y químicas construidas después, nos hemos dado cuenta de que no necesitamos a Dios para hacer realidad el Apocalipsis.
No somos Dios y querer serlo nos lleva a la locura. La idea del hombre queriendo ser «Dios» se ha transformado en una pesadilla. Pero él se esconde todavía detrás del «tina» (there is no alternative) neoliberal: «no hay alternativa, este mundo es definitivo». Ridículo. Démonos cuenta de que «el saber como poder» (Bacon) cuando se realiza sin conciencia y sin límites puede autodestruirnos. ¿Qué poder tenemos sobre la naturaleza? ¿Quién domina un tsunami? ¿Quién controla el volcán chileno Puyehe? ¿Quién frena la furia de las inundaciones en las ciudades serranas de Río? ¿Quién impide el efecto letal de las partículas atómicas de uranio, de cesio y de otros elementos, liberadas por las catástrofes de Chernobyl y de Fukushima? Como dijo Heidegger en su última entrevista a Der Spiegel: «sólo un Dios podrá salvarnos».
Tenemos que aceptarnos como simples criaturas junto con todas las demás de la comunidad de vida. Tenemos el mismo origen común: el polvo de la Tierra. No somos la corona de la creación, sino un eslabón de la corriente de la vida, con una diferencia, la de ser conscientes y con la misión de «guardar y cuidar el jardín del Edén» (Gn 2,15), es decir, de mantener las condiciones de sostenibilidad de todos los ecosistemas que componen la Tierra.
Si partimos de la Biblia para legitimar la dominación de la Tierra, tenemos que volver a ella para aprender a respetarla y a cuidarla. La Tierra generó a todos. Dios ordenó: «Que la Tierra produzca seres vivos, según su especie» (Gn 1,24). Ella, por lo tanto, no es inerte; es generadora, es madre. La alianza de Dios no es solo con los seres humanos. Después del tsunami del diluvio, Dios rehizo la alianza «con nuestra descendencia y con todos los seres vivos» (Gn 9,10). Sin ellos, somos una familia menguada.
La historia muestra que la arrogancia de «ser Dios», sin nunca poder serlo, sólo nos trae desgracias. Bástenos ser simples criaturas con la misión de cuidar y respetar a la Madre Tierra.
 
Leonardo Boff

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Modernity’s «God complex»

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by Leonardo Boff  – Theologian – Earthcharter Commission

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The present crisis is not just a crisis of the growing scarcity of natural resources and services. It fundamentally is the crisis of a type of civilization that has put the human being as the «lord and master» of Nature (Descartes).  In this civilization, Nature has neither spirit nor purpose, and therefore, humans can do what they want with her.

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According to the founder of the modern paradigm of techno-science, Francis Bacon, the human being must torture Nature until she yields all her secrets.  This attitude has devolved into a relationship of aggression, and a true war against a supposedly savage Nature that had to be dominated and «civilized». Thus also emerged the arrogant projection of the human being as the «God» who dominates and organizes everything.

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We must recognize that Christianity helped to legitimate and reinforce this understanding. Genesis clearly says: «replenish the Earth and subdue it, and have dominion over … every living thing that moveth upon the Earth» (1,28). It also affirmed that the human being was made in God’s «image and likeness» (Genesis 1,26). The biblical sense of this expression is that the human being is God’s deputy, and as God is lord of the universe, humans are the masters of the Earth. Humans enjoy a dignity that is theirs alone: that of being above all other beings.

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This generated anthropocentrism, one of the causes of the ecological crisis.

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Finally, strict monotheism suppressed the sacred character of all things and centered it only in God. The world, lacking anything sacred, need not be respected. We can mold it at our pleasure. The modern civilization of technology has filled everything with its devices, and has been able to penetrate to the heart of the matter, of life and of the universe. Everything comes wrapped in the aura of «progress», a sort of recuperation of the paradise that was lost some time before, but is now rebuilt and offered to all.

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This glorious vision began to crumble in the XX century with the two World Wars and other colonial wars that produced two hundred million victims. The greatest terrorist act of history was perpetrated when the U.S. army launched the atomic bombs against Japan, killing thousands of people and destroying Nature.  This gave humanity a shock from which it has not yet recovered. With the atomic, biological and chemical weapons built afterwards, we have come to realize that we do not need to be God to make the Apocalypse a reality.

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We are not God and our desire to be such takes us to madness. The idea of man wanting to be «God» has become a nightmare. But man still hides behind the neoliberal «tina»: «there is no alternative, this world is definitive». Ridiculous. Let us understand that «knowledge as power» (Bacon) which lacks conscience and limits can destroy us. What power do we have over Nature? Who can control a tsunami? Who controls the Chilean volcano Puyehe? Who restrains the fury of the flooding in the highland cities of Rio de Janeiro? Who blocks the deadly effect of the atomic particles of uranium, cesium and of other elements, spewn by the catastrophes of Chernobyl and Fukushima? As Heidegger said in his last Der Spiegel interview: «only a God could save us.»
We have to accept ourselves as simple creatures together with all others in the community of life. We have a common origin: the dust of the Earth. We are not the crown of creation, but a link in the current of life, with a difference, that of being conscious and having the mission to «guard and to care for the garden of Eden» (Genesis 2,15), that is, the mission of maintaining the conditions of sustainability of all the ecosystems that make up the Earth.
If we use the Bible to legitimize domination over the Earth, we must return to the Bible to learn to respect and care for her. The Earth generated all. God ordained: «let the Earth bring forth the living creature after his kind» (Genesis 1,24). She, consequently, is not inert; she is the generator; the Earth is mother. The alliance of God is not only with human beings. After the tsunami of the flood, God redid the alliance «with you and with your seed after you; and with every living creature» (Genesis 9,10). Without them, we are a diminished family.
History shows that the arrogance of «being God», without ever being able to do so, only brings us tragedy. It should be enough for us to be simple creatures with the mission of caring for and respecting Mother Earth.

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Free translation from the Spanish sent by
Melina Alfaro, alfaro_melina@yahoo.com.ar,
done at REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas, EE.UU.

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Leonardo Boff – Carencia de Justa Medida

Leonardo Boff
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Nuestra cultura se caracteriza por el exceso en casi todos los ámbitos de la vida: exceso en la utilización de los recursos naturales, en la explotación de la fuerza de trabajo, en la especulación financiera, en la acumulación de riqueza.
La crisis actual es en gran parte fruto de este exceso.
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El historiador inglés Arnold Toynbee en sus estudios sobre el nacimiento y muerte de las civilizaciones señala que éstas entran en colapso cuando el exceso, en más o en menos, empieza a dominar.
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Es lo que estamos viendo actualmente.
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De ahí la importancia de reflexionar sobre la justa medida, que acaba siendo sinónimo de sostenibilidad. La justa medida tiene que ver con lo óptimo relativo, es decir, con el equilibrio dinámico entre el más y el menos. Por una parte, toda medida es sentida negativamente como límite a nuestras pretensiones. De ahí nace la voluntad y hasta el placer de violar el límite. Y por la otra, es sentida positivamente como la capacidad de usar en forma moderada potencialidades que pueden dar otro rumbo a la historia y así garantizar la continuidad de la vida.
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Veamos rápidamente el lugar de la justa medida en algunas de las grandes culturas que conocemos. En las culturas de la cuenca del Mediterráneo, especialmente entre los egipcios, griegos, latinos y hebreos la búsqueda de la justa medida era central. Lo mismo se da en el budismo y en la filosofía ecológica del Feng Shui chino. Para estas tradiciones el símbolo era la balanza y las respectivas divinidades femeninas, tutoras del equilibrio. La diosa Maat era la personificación de la justa medida para los egipcios. Bajo su responsabilidad estaba la medida política que permitía que todo fluyera equilibrada y armoniosamente. Pero los sabios egipcios pronto percibieron que ese equilibrio solo era sostenible si la medida exterior correspondía a la medida interior. En caso contrario, impera el legalismo. Hoy sabemos que su visión influyó fuertemente en el pensamiento griego y latino e hizo que una de las características fundamentales de la cultura griega fuese la búsqueda insaciable de la medida (metrón en griego, de donde viene nuestro metro).
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Es clásica la formulación, verdadera regla de oro: «la perfección está en la justa medida de todas las cosas». La diosa Némesis, venerada por griegos y latinos, correspondía a la diosa Maat de los egipcios. Representaba la justicia divina y la justa medida. Quien osase sobrepasar la propia medida (eso se llamaba hybris = arrogancia y presunción exacerbadas) era inmediatamente fulminado por esta divinidad. Así, por ejemplo, los campeones olímpicos que, como en los días actuales, se dejaban endiosar por sus admiradores; también los escritores y artistas que permitían su divinización por causa de sus obras.
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La Biblia judeocristiana formula, a su manera, la búsqueda de esta medida: Se basa en el reconocimiento del límite infranqueable entre el Creador y la criatura.
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Ésta jamás podrá traspasar ese límite y ser como Dios.
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La gran tentación formulada por la serpiente a Adán y Eva en el paraíso terrenal era: si traspasaban el límite serían como Dios. Lo traspasaron y recibieron el castigo: la expulsión del paraíso. Pecado es no aceptar la situación de criatura, es rechazar ese límite y esa medida, es intentar elevarse a la altura divina. A pesar de la expulsión, la misión de cultivar y guardar el jardín del Edén continuó. Aquí se anuncia una medida de valor siempre actual: el ser humano puede intervenir en la naturaleza siempre que esté orientado por la medida del cuidado, pues «cultivar» expresa el cuidado esencial y «guardar» es sinónimo de garantizar la sostenibilidad. .
Pero hay que preguntar: ¿Quién garantiza la sostenibilidad? Se han señalado muchas fuentes inspiradoras, generalmente indicadas como únicas: la naturaleza o la razón universal o la sabiduría de los pueblos o las religiones y la revelación contenida en la Biblia judeocristiana, o en el Corán o en las Upanishads o en el Tao, y otras. Hoy estamos cada vez más convencidos de que nada puede ser reducido a una única causa (monocausalidad) o a un único factor, pues nada es lineal y simple. Todo es complejo y está entretejido de inter-retro-relaciones de redes de inclusiones. Por eso necesitamos articular todas esas instancias y algunas otras. Juntas, deben ayudarnos a encontrar una justa medida adecuada, pues todas aportan alguna luz y comunican alguna verdad. Sabiduría es asumir estas verdades que potencian el equilibrio y permiten que la vida viva y evitan conflictos innecesarios.
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La pregunta para nosotros hoy es: ¿Cuál es la justa medida de intervención en la naturaleza que por un lado preserve el capital natural, y por el otro nos comporte beneficios? Por no haber encontrado todavía la formula, estamos patinando en la crisis.

 

 

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  • : Ecología y sostenibilidad socioambiental, énfasis en conservación de ríos y ecosistemas, denuncia de impacto de megaproyectos. Todo esto es indesligable de la política y por ello esta también se observa. Ecology, social and environmental sustainability, emphasis on conservation of rivers and ecosystems, denounces impact of megaprojects. All this is inseparable from politics, for it, the politics is also evaluated.
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  • Biólogo desde hace más de treinta años, desde la época en que aún los biólogos no eran empleados de los abogados ambientalistas. Actualmente preocupado …alarmado en realidad, por el LESIVO TRATADO DE(DES)INTEGRACIÓN ENERGÉTICA CON BRASIL
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