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8 julio 2014 2 08 /07 /julio /2014 19:52

 

      

 

 

¿El Rey de la Ciencia? 

18/06/2014 Pablo Jáuregui

 Una nación moderna es (o debería ser) una sociedad en la que reina la Ciencia. Sin los cimientos de una apuesta firme por la investigación, la innovación y el conocimiento, no se puede construir un edificio verdaderamente sólido de prosperidad, bienestar y progreso. Nos lo recordaba el pasado domingo el gran físico Juan Ignacio Cirac desde las páginas de EL MUNDO, en un magnífico artículo sobre la nueva España que debería impulsar Felipe VI. «La ciencia», decía Cirac, «no es un lujo en tiempos de crisis, sino la garantía para evitar o amortiguar las crisis del futuro». En España, desafortunadamente, nuestra clase política no ha sabido captar esta idea hasta ahora.


Es verdad que si echamos la vista hacia atrás, la ciencia ha dado un gran salto adelante en nuestro país durante los casi 40 años que han transcurrido desde la Transición a la democracia impulsada por Juan Carlos I. Como dice el propio Cirac, "España ha hecho un gran esfuerzo para pasar de ser un desierto científico hasta convertirse en un país relativamente importante en el contexto internacional". Sin embargo, la crisis económica -o mejor dicho, la manera en la que nuestros gobernantes han gestionado esta crisis- ha vapuleado a la ciencia española, hasta tal punto que el nivel de inversión en I+D+i ha retrocedido a niveles de hace 15 años. El resultado inevitable está siendo una carencia dramática de recursos en todo el sistema científico y una lamentable fuga de cerebros que podría desembocar, como advierte Cirac, en la trágica pérdida de "una o incluso dos generaciones de científicos", un tesoro de talento que podríamos tardar "varias décadas" en recuperar.

 

 

En una crisis económica tan grave como la que ha sufrido España en los últimos años, muchos piensan que era inevitable imponer duros recortes a la ciencia porque "no había más remedio". Ése ha sido precisamente el argumento del actual Gobierno: cuando vienen tan mal dadas, la investigación se convierte en un lujo prescindible.

 

Sin embargo, Cirac (cuya propia trayectoria es un ejemplo clásico de cerebro español fugado), reclama que nos miremos en el espejo de la Alemania en la que él ha podido desarrollar con gran éxito su brillante carrera. Hace ya más de una década, todos los partidos políticos alemanes alcanzaron un gran pacto de Estado por la ciencia, cuya acuerdo fundamental fue que (independientemente de los cambios de gobierno), la inversión en I+D aumentaría un 3% cada año (una cifra que posteriormente aumento hasta 5% desde 2009). Más allá de sus diferencias ideológicas y partidistas, las fuerzas políticas alemanas decidieron a partir de ese momento que la inversión en ciencia y tecnología era un pilar demasiado crucial para el futuro bienestar del país como para someterlo a los vaivenes de las elecciones generales.

Ahora que se inicia una nueva etapa en España, preñada de nuevas oportunidades y esperanzas de regeneración, ¿seremos capaces, como nos propone el sabio Cirac, de seguir el ejemplo alemán y hacer una apuesta así de firme por la Ciencia? La monarquía es un sistema muy difícil de justificar en pleno siglo XXI, ya que viola de manera flagrante el principio fundamental de igualdad en el que supuestamente se basa nuestra sociedad. .

 

Pero al igual que Juan Carlos I demostró su utilidad y legitimó su reinado al defender la democracia ante la amenaza del golpismo, es posible que Felipe VI también sepa ganarse el puesto como símbolo unificador y forjador de nuevos consensos en un país cada vez más dividido. Desde este punto de vista, el nuevo Rey debería hacer todo lo que estuviera en sus manos para convertir la Ciencia no sólo en un asunto de Estado que uniera a todas las fuerzas políticas, sino en una aspiración colectiva de todo el país.

 

http://www.elmundo.es/economia/2014/06/17/53a0093d22601db46a8b4574.html?cid=MNOT23801&s_kw=el_rey_de_la_ciencia

 

 

 

Consejos, peticiones, exigencias y deseos al nuevo rey 

15/06/2014  

El filósofo // Javier Gomá.

La ejemplaridad no es esa señora antipática de nariz arrugada que algunos imaginan cuando quieren afear el comportamiento de terceros. La ejemplaridad, si realmente lo es, sólo cabe imaginarla como un ideal jovial y atractivo. Y he aquí que lo encontremos en el pináculo del aparato burocrático del Estado. El Estado es una pirámide de fuerza coactiva creciente -desde el subdirector hasta el presidente del gobierno- y en el ápice, la jefatura del Estado, luce desnuda de coactividad la corona, «símbolo de la unidad y permanencia» del país. Así como la paternidad ha dejado de ser un hecho biológico y ya no se es padre sólo por engendrar un hijo sino cuando además se ejerce debidamente la función paternal, así los políticos han de exhibir no sólo una legitimidad de origen sino también una legitimidad de ejercicio: la ejemplaridad.

 

El oficio de la corona, privada de poder político, se resume en el deber de personificar la ejemplaridad en grado eminente. La Constitución dice que la persona del rey no está sujeta a responsabilidad pero, bien mirado, le incumbe la responsabilidad no jurídica pero sí política, moral y estética de ser ejemplar, cuya expresión histórica admite muchas modulaciones. Así, la ejemplaridad de Juan Carlos I ofreció un rostro entre heroico -protagonista de la epopeya de la Transición, busto televisivo resistente a los golpistas- y campechano, amigo de gestos populares. Ese modelo se ha desgastado por el paso oxidante del tiempo y ahora le toca remozarlo a Felipe VI haciéndolo evolucionar de la épica de los inicios a la prosa de una democracia consolidada.

 

El nuevo rey encarnará un símbolo más doméstico y cotidiano que su padre. Contemplaremos la estampa de un civismo amable, profesional y familiar. Será una de esas «ideas simples» de que hablaba Bagehot, capaz de impresionar positivamente la imaginación de la gente y de poner con meditada teatralidad la complejidad del Estado al alcance de todos los entendimientos. Hay sentimientos, como la empatía, que son exclusivos de las relaciones interpersonales y que se hurtan a las instituciones. Por eso el símbolo del Estado se confía a una familia. Sus miembros han sido educados para ser espejo de virtud ciudadana, moderna y atractiva, sin concesiones a la vulgaridad. Viven y envejecen a la vista de todos. Si logran estar a la altura de esa idea simple, cumplen las tres funciones del mito político enunciadas por García-Pelayo: esclarecedora, movilizadora e integradora. Este símbolo de «unidad y permanencia» pronto habrá de probar su función integradora ante las fuerzas centrífugas del separatismo que hoy quieren su fragmentación. Con todo, no proyectemos sobre el nuevo monarca un exceso de expectativas. Lo que haya de ser de este país en los próximos años dependerá principalmente de nosotros, los hombres y mujeres de la generación del nuevo rey.

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El científico // Juan Ignacio Cirac.

En la etapa que empieza ahora, nuestro país debe dar un firme paso adelante y convertirse en una de las grandes potencias científicas de Europa. Para lograrlo, los responsables políticos deberían apostar de una manera clara y contundente por la investigación. Un paso imprescindible en este respecto sería que los partidos políticos españoles adoptaran un gran pacto de Estado por la ciencia.

Existen muchas razones para entender la necesidad de esta medida, aunque algunas de ellas han quedado más patentes durante la crisis económica padecida en los últimos años. Desde el inicio de la democracia, se ha producido un gran cambio en la visión de la ciencia por parte de la sociedad; ahora se reconoce y valora la importancia de la investigación para educar y generar riqueza y bienestar. Sin embargo, esta actitud de los ciudadanos no ha tenido el correspondiente apoyo de la clase política en los últimos años. No es razonable que, tanto en educación como en ciencia, cada nuevo gobierno cambie lo que ha hecho el anterior. Tampoco parece aceptable que cada vez que nos enfrentamos a una crisis, la inversión en investigación científica se vea tan afectada.

 

España ha hecho un gran esfuerzo para pasar de ser un desierto científico hasta convertirse en un país relativamente importante en el contexto internacional. Pero en los últimos años, hemos dado un paso hacia atrás. Esto, obviamente, no sólo va a tener consecuencias en el ámbito científico, sino que también va a tener un fuerte impacto económico y social a largo plazo. La ciencia no es un lujo en tiempos de crisis, sino la garantía para evitar o amortiguar las crisis del futuro. Además, es verdaderamente preocupante el desánimo que existe entre los jóvenes científicos españoles.

 

Da mucha pena que cada vez más jóvenes, personas brillantes que podrían hacer grandes cosas por España, duden si dedicarse a la ciencia por la falta de apoyo que recibe la investigación. Corremos el riesgo de perder una o incluso dos generaciones de científicos, y si no le ponemos remedio, tardaremos varias décadas en recuperar esta pérdida de talento.

 

Por ello, considero que España debería seguir el ejemplo de países como Alemania, en donde hace más de una década los partidos políticos adoptaron un pacto por la ciencia y la educación que se ha respetado hasta la fecha. Un acuerdo fundamental fue aumentar la inversión en I+D un 3% cada año hasta el 2009, y hasta un 5% desde entonces, independientemente de quien estuviera en el Gobierno. En nuestro país, sin embargo, algo así parece imposible.

 

Tal vez sea ahora un buen momento para meditar y cambiar la actitud de muchos de nuestros políticos en este respecto.

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El economista // Luis Garicano.

Los españoles necesitan un proyecto de país capaz de ilusionar y motivar el esfuerzo de todos. El nuevo rey no puede adoptar posiciones partidistas a favor de unos o de otros. Pero su valor simbólico es crucial, y debe contribuir a movilizar a los españoles en este nuevo proyecto, inspirándoles, persuadiéndoles y a veces empujando con suavidad pero firmeza a los políticos para evitar que estos hagan nombramientos partidistas o corruptos.

¿Cuáles son los elementos de este proyecto de país? El país necesita, y el futuro rey puede inspirar, tres tipos de cambios: en sus instituciones políticas, en sus instituciones económicas y en el capital humano y sistema educativo. Las instituciones políticas han sido capturadas por los partidos. La partidocracia domina todo, desde la judicatura a los nombramientos en la empresa (privada) nacional del gas.

 

Poco a poco los partidos se van convirtiendo en organizaciones de patronazgo cuyo papel principal es repartir trabajos y otras dávidas a sus miembros. Sostenidos por un férreo control central, su motto universal, como propuso Alfonso Guerra, es «el que se mueva no sale en la foto». Ninguna otra reforma es posible si no parte antes de una reforma del sistema político, que limite el poder de los dirigentes y aumente su responsabilidad frente a los ciudadanos. Las herramientas para conseguir esto son conocidas: listas abiertas, circunscripciones unipersonales, primarias... Es crucial evitar la situación actual en la que la única manera de hacer carrera política es mostrar la debida obediencia al jefe. Igual de importantes son los cambios necesarios en la judicatura y las leyes de enjuiciamiento civil y penal que hagan los procesos mucho más ágiles y reduzcan el número de apelaciones y con ello las posibilidades de usar el dinero para retrasar, y suprimir, la acción judicial.

 

Las instituciones económicas también deben cambiar en profundidad. Las empresas oligopolísticas en comunicaciones, generación de energía, gasolina, etc. dominan el mercado sin intervención del regulador e imponen a los consumidores condiciones a menudo abusivas. La competencia en muchos de estos sectores no existe, y el regulador prefiere mirar a otro lado. Los organismos reguladores de los mercados deben ser independientes, sus cargos bien remunerados, y deben disponer de todas las herramientas para realizar su trabajo: asegurar que el mercado funciona al servicio de los ciudadanos, no al contrario. Finalmente, y esto es lo más importante, el reinado de Felipe VI debe ver una reforma radical, en profundidad, de todo el sistema educativo. Sin estas reformas, España no conseguirá ilusionar a sus jóvenes ni darles perspectivas de futuro. Una sociedad que margina a sus jóvenes y a muchos otros ciudadanos corre el riesgo de que las tensiones intergeneracionales e interregionales terminen explotando.

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El escritor // Lorenzo Silva.

Arrogante sería, por parte de un republicano que además no se ha formado para el puesto, darle consejo alguno a quien está llamado a ser rey y se ha preparado para ello desde niño. También hay que tener cuidado a la hora de proponer acciones o políticas a quien no tiene la facultad constitucional de promoverlas. Pongamos pues que esto es una simple reflexión, esbozada aquí para el caso de que el futuro monarca se halle en algún momento en situación de hacer algo por nuestra cultura.

Con sus muy limitadas atribuciones, se le antoja a este observador que el nuevo rey tiene como papeleta principal de su reinado contribuir a restaurar esa Marca España que ahora no es más que un eslogan desmayado (o para los malévolos, un sarcasmo) y que urge convertir en algo con entidad real y verdadero potencial de seducir e influir en el mundo. Y la verdad es que, entregados a ese ejercicio, pocas cosas parecen tan evidentes, a efectos de buscarle un punto de apoyo a la palanca, que la circunstancia de que fuera aquí donde se alumbrara esa herramienta formidable que es hoy la segunda lengua del mundo en hablantes nativos y genuinos.

 

Uno piensa en qué habrían hecho los franceses, o los alemanes, si dispusieran de algo parecido. Y en seguida recuerda lo que hemos hecho los españoles: el Instituto Cervantes, un artefacto creado tardíamente y que pese al entusiasmo y la entrega de sus trabajadores, está muy lejos de contar con los medios, la envergadura y la estrategia que reclama la trascendencia de la empresa.

 

El español es vehículo de llegada inmediata de cualquier producto cultural a más de 500 millones de personas (y subiendo). Una oportunidad que no sólo tiene dimensiones fabulosas en cuanto a la irradiación de ideas y creaciones, sino que podría ser el cimiento de una industria capaz de crear riqueza y empleo en proporciones colosales. Una ocasión que, a día de hoy, sigue sustancialmente infrautilizada. El que pronto será Felipe VI conoce bien ese Instituto Cervantes, muchos de cuyos centros ha inaugurado. No estaría mal que con la corona puesta siguiera alentándolo y, con la voz que sin salirse de su papel constitucional pueda hacer sonar, indujera a quienes gobiernan a tomárselo en serio. Con que un día dejaran de legislar, por acción u omisión, contra la cultura hecha en nuestro idioma, ya daría para un buen comienzo.

 

El español, encarnado en su literatura, su cine, su música, puede además servir, en tanto que lengua común del país plurilingüe sobre el que le tocará reinar, como factor de cohesión e identidad simultánea, que no sobrepuesta, a la de los españoles que piensan y sienten en otro idioma. Ser más, hacia fuera y hacia dentro, está ahí, en esas palabras robadas al latín y al árabe con las que Cervantes supo soñar a su hidalgo.

 

 

la-ciencia-en-espana-fuente-stellarscout 

La ciencia en España hoy. Fuente: Blog  Stellarscou

Tan solo deseo hoy que leáis una nota de prensa escrita por José S. Carrión. Catedrático de Botánica Evolutiva de la Universidad de Murcia 8al que le he robado parte del título), así como un post redactado por José María Fernández desde su blog Bioinformática bajo el título de “Movilizaciones por la Ciencia el próximo 19 de Diciembre”. ¿Nos vamos a movilizar?. Abajo os dejo el enlace para que leáis la nota de Carrión. Lamento ser crítico con mis colegas senior, pero dudo que asistamos más que un grupito. Obviamente los más jóvenes “espero y deseo” que participen masivamente. ¿Ciencia en España?. ¡Requiescat in pace. Amén!. Ya lo advertí en 2008 y aun antes, pero es que, al perecer (perdón al parecer) los sacerdotes de la ciencia en esta “santo” país son de un ingenuo subido de tono.

Juan José Ibáñez

inversion-espanola-en-ciencia

La deplorable inversión Pública Española en Materia de Ciencia, y aun quieren que sea peor Fuente: Carta Abierta por la Ciencia en España

 

José. S. Carrión: El Arte de lo Imposible. Ubicado en La Pagina Web de la Universidad de Murcia denominada S.A.B.I.O.

http://www.um.es/sabio/prensa/index.php?id=1436951

El arte de lo imposible. José S.Carrión. Catedrático de Botanica Evolutiva de la Universidad de Murcia Juan Carlos Argüelles. Catedrático de Microbiología

 

      http://www.madrimasd.org/blogs/universo/2012/12/19/143375

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  • Biólogo desde hace más de treinta años, desde la época en que aún los biólogos no eran empleados de los abogados ambientalistas. Actualmente preocupado …alarmado en realidad, por el LESIVO TRATADO DE(DES)INTEGRACIÓN ENERGÉTICA CON BRASIL
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